Los ojos de Gustavo Fabián Casanova saltan desde el pequeño espejo que sostiene frente a él hacia la pantalla que está apoyada sobre el mostrador del carro en el que se venden panchos y gaseosas. Pinta su rostro de blanco y resalta con rojo las mejillas. En la marquesina hay tensión: son las 15.20 y Argentina está por salir a la cancha. Pero hay otro aguijón para los nervios que sólo se les clava a ellos, a los nómadas que pasan sus vidas debajo de las carpas inmensas: la función empieza a las 16 y el espectáculo es la prioridad. Si el público empieza a acercarse a la boletería del circo, todos abandonarán el rol del hincha para encarnar los personajes a los que dan vida todos los días en el escenario.

Que alguien compre una entrada mientras juega la Selección parece ridículo. Pero no. Sebastián López lo sabe bien. Hace cuatro años, el payaso del Cirque XXI (ubicado en el shopping Portal) estaba en el escenario cuando Maxi Rodríguez les clavó aquel golazo de antología a los mexicanos y las casualidades lo asustan. Pero Gustavo se ríe. Hace 21 años que el circo es su hogar y el espectáculo, su vida.

El partido acaba de comenzar y México ya asustó dos veces. "A los 12 años yo era un chico de la calle; trabajaba como lustrín. Cada vez que llegaba un circo a la ciudad me acercaba, me metía. A esa edad empecé a vender panchos y pochoclo y a aprender las rutinas. Tres años después debuté y nunca más me fui. Ahora, a los 33, soy de todos lados y de ningún lado...", reflexiona Gustavo, oriundo de Neuquén. Pedrito se le apoya en las piernas; es su hijo menor. Tiene la cara pintada como el resto de los payasos. Y no es un juego: él es el cómico estrella y apenas tiene tres años. Es que el circo es familia. Salvo Gustavo, el resto de sus más de 20 compañeros descienden de padres y abuelos con sangre circense.

"El Apache" la acomoda de cabeza y las caras pintadas se convierten en un enjambre de euforia que inunda la marquesina del circo. Gustavo grita y se ríe. Pero es difícil creer que su alegría es tan real como aparenta. Más si se piensa en lo que había dicho unos minutos antes del gol: "soy acróbata y cómico, que es lo que más me gusta. Lo que pasa es que los payasos somos tristes y, para nosotros, es más fácil transmitir alegría que sentirla de verdad; yo tuve una vida triste".

De golpe, alguien se levanta y sale apurado de la carpa roja y amarilla de la marquesina. Una especie de descarga de energía expulsa a todos de las sillas; parece que el espectáculo del fútbol se terminó. "No pasa nada; no vino nadie", (se) tranquiliza Sebastián.

En los festejos de cada gol es difícil distinguir entre la euforia real y el histrionismo de los artistas. Los minutos se mastican con tortillas y se pasan a fuerza de mate dulce. El partido termina; no hubo función. No importa, Gustavo y Pedrito ya tienen pintada la cara para el show que empezará a las 18.